A las 19:00 horas partimos en el auto de Canal Paipote a Copayapu con callejón Diego de Almagro. Hay una carpa azul gigante que en letras rojas vocifera «Circo Azteca». En el interior de la primera carpa -el hall del circo donde venden palomitas, papas fritas, algodón de azúcar- nos recibe Alexis, uno de los dos dueños del Circo. En el centro de la carpa, en el escenario, suena música alegre para motivar el ambiente.
Entre cables, vestuarios, maquillaje y últimos preparativos, el mundo del circo se activa con una energía motivada como si por un momento Copiapó volviera a sus años de espectáculos. Adentro de la carpa ya se respira movimiento. Afuera, algunas familias comienzan a llegar.
El Circo pertenece a la familia Gálvez, oriundos de la región de Valparaíso, quienes llegaron a Atacama con grandes camiones y casas rodantes. Según nos cuentan, el circo lleva pocos años realizando giras, sin embargo, la gran mayoría de artistas tiene muchos años de experiencia.
Tienen una vida muy nómade, pues viajan a capitales, ciudades pequeñas y rurales. Por tanto, es común que se casen entre los que viajan junto al circo. Una parte es familia y la otra parte son artistas de otros lados, independientes o de otras familias circenses.
De hecho, en esta oportunidad, vimos a dos payasos maquillándose que son copiapinos. Nos comentaron que están probándose y cuyo sueño es viajar con un circo. Pero algunos artistas, aparte de tener su número dentro del show, hacen un poco de todo para vender palomitas, papas, entradas, etc.
Nos acercamos al puesto de papas fritas, para preguntarle a la chica sobre qué significa ser patrimonio. Esto, ya que desde el 2025, los circo de tradición familiar forman parte del Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, según firmó la UNESCO. La chica nos explica, mientras fríe papas y crea conos para las papas, significa que desde la municipalidad de cada comuna, los trámites deben tener cierta agilidad, sobretodo para obtener el acceso a arriendo de terrenos, luz del alumbrado público, agua potable y a colegiaturas para menores de edad.
Sin embargo, aun les cuesta encontrar lugares adecuados con insumos básicos. Cuando no cuentan con luz, utilizan sus propios generadores para cada show. Esto, sumado a la bencina gastada por la promoción en auto con un parlante que pasa por la ciudad. Sumado, a los papeles que cada municipalidad exige y los convenios de las entradas de cortesía a la comunidad.
Hablamos con el otro dueño del circo, Luis Quiroz, trapecista con años de experiencia y que ha viajado a Australia, Perú, México entre otros, como artista circense. Nos comenta que asumen que la comida que venden dentro es caro, pero es porque deben recuperar todo lo que gastan mes a mes. Nos recalca que a diferencia de otros países, el circo en Chile es muy poco valorado, pero tiene esperanzas que las cosas cambien para bien, pues su alma está en el circo.
Más allá del espectáculo y las luces, el Circo Azteca refleja una forma de vida marcada por el movimiento, el esfuerzo colectivo y la persistencia. Entre risas, viajes y escenarios improvisados en distintas ciudades, sus integrantes sostienen una tradición que, pese a las dificultades, continúa viva gracias al compromiso de quienes hacen del circo no solo un trabajo, sino también su hogar.

